El Triángulo de las Bermudas

 

A juzgar por los diarios de navegación de los primeros capitanes españoles, comenzando por Colón, el Triángulo de las Bermudas ha sido siempre una zona de peligro, de misterio, y a menudo incluso de fatalidad.

 

Antes de tocar Tierra en su primer viaje, Colón experimentó ya un anticipo de lo insólito: primero, la visión de las “aguas resplandecientes” de las Bahamas, y luego, de lo que parecía una bola de fuego que dio la vuelta a la nave capitana para hundirse finalmente bajo el mar.

 

La brújula de a bordo sufrió inexplicables perturbaciones. El pánico de los marineros llegó al máximo; incluso se temió un motín.

 

En septiembre de 1494, Colón observó las evoluciones de un “monstruo marino” a la altura de La Española, la isla que hoy se encuentra repartida entre Haití y las República Dominicana.

 

El navegante, según la costumbre de la época, lo interpretó como signo precursor de tempestad, por lo que hizo asegurar las naves.

 

El mismo año, un curioso “torbellino de viento” envió a tres de sus barcos al fondo después de “haberlos hecho dar vueltas como una peonza tres o cuatro veces. sin tormenta ni mala mar”.

 

En 1592, durante otra expedición, mientras se encontraba descansando en el puerto de Santo Domingo, sintiendo llegar la tempestad, sugirió al gobernador de La Española, su viejo adversario Bobadilla, que aplazara la partida de sus treinta galeones cargados de oro y plata con destino a la madre patria.

 

El gobernador desoyó olímpicamente la advertencia de Colón con el resultado de que, unos días después, veintiséis de los treinta barcos desaparecían con sus tesoros y sus tripulaciones en la tormenta. Eran las primeras víctimas registradas por la historia, imputables al misterioso Triángulo de las Bermudas.

 

 

 

TRAMPA PARA AVIONES.

 

Eran las diez y media de la noche del 29 de enero de 1948, cuando el enorme cuatrimotor inglés de pasajeros Star Tiger comunicó por radio que se encontraba en su ruta, a cuatrocientas millas de Bermudas y rumbo a Kingston, con veintiséis pasajeros y su tripulación a bordo.

 

El tiempo era bueno y no había ninguna novedad. Éstas fueron sus últimas noticias. El Star Tiger desapareció sin dejar rastros. No hubo ningún otro mensaje ni se descubrió la más mínima huella de accidente, ni siquiera un rastro de aceite en el mar qué lo hiciera suponer. Simplemente se esfumó en el aire con todos sus pasajeros.

 

Tras abandonar las nieblas londinenses, el Star Tiger, un Tudor IV perteneciente a la compañía British American Airways, había hecho escala primero en Lisboa y después en la Azores.

 

En la fecha fatídica el avión debía detenerse aún en el aeropuerto de Kindley Field, en las Bermudas, antes de alcanzar su destino: la ciudad de Kingston, en Jamaica.

 

A las 22,30 Kindley Field captaba un mensaje del capitán Macmillan, el piloto del Star Tiger: “Nuestra posición aproximada: 640 kilómetros al norte de ustedes. Contamos con aterrizar a la hora prevista. Condiciones meteorológicas y mecánicas excelentes”.

 

La llegada a las Bermudas estaba prevista para poco después de la medianoche, pero el avión, tras el mensaje del capitán Macmillan, no volvería a dar señales de vida.

 

Treinta aviones, diez barcos y más de un millar de hombres partieron en búsqueda del Star Tiger. Pero el avión había desaparecido para siempre junto con los tripulantes y los pasajeros. Jamás se encontró ningún resto, ninguna huella, nada, absolutamente nada.

 

El informe sobre la investigación realizada concluyó con un escueto “parece que una causa exterior puede más que el hombre y que la máquina”.

 

El 17 de enero de 1949, a las 7,45 de la mañana, el capitán J. C. McPhee se elevó en el Ariel en la pista de las Bermudas para dirigirse a Kingston, Jamaica, a unas mil millas de distancia.

 

El Ariel, avión gemelo del infortunado Star Tiger, llevaba combustible para diez horas extra de vuelo, para el caso de presentarse alguna emergencia.

 

A los cuarenta minutos de haber dejado las Bermudas, el capitán McPhee envió un mensaje radial informando que había alcanzado la altura de crucero, que el viento y el tiempo eran espléndidos y que esperaba llegar a Jamaica a la hora prevista. Fue lo último que se supo del avión y sus tripulantes.

 

La Marina norteamericana estaba precisamente de maniobras al sur de las Bermudas: un acorazado, portaaviones, cruceros y destructores, todos los cuales interrumpieron sus ejercicios para explorar el sector situado entre estas islas y Jamaica, donde se suponía debían encontrarse restos del Ariel.

 

Tras señalar un avión de línea un extraño resplandor verde sobre el océano, a trescientas millas de las Bermudas, dos destructores corrieron hacia ese punto: no había más que un mar en la más perfecta calma.

 

Tanto el Star Tiger como el Ariel fueron víctimas de una tragedia similar a la ocurrida el 5 de diciembre de 1945, con los Avengers y el Martin Mariner.

 

El Triángulo de las Bermudas empezó a ser conocido con ese nombre como resultado de la desaparición de seis aviones de la Marina norteamericana y sus tripulaciones ocurrida precisamente en esa fecha.

 

Los primeros cinco aviones que desaparecieron, aparentemente en forma simultánea, estaban cumpliendo una misión rutinaria de entrenamiento con un plan elaborado para seguir el curso de vuelo triangular.

 

Dicho vuelo debía comenzar en la estación aeronaval de Fort Lauderdale, Florida, para luego seguir trescientos kilómetros hacia el Este, setenta y cinco kilómetros hacia el Norte y enseguida regresar a la base, siguiendo un rumbo sudoeste.

 

Según lo señala Charles Berlitz, en su famoso libro sobre este triángulo fatídico, las Bermudas dieron su nombre a una región conocida indistintamente como “Triángulo del Diablo”, “Triángulo de la Muerte”, “Mar de la Mala Suerte”, “Cementerio del Atlántico”, etc.

 

El motivo principal es que esta zona se hizo notar en la época en que el vértice del vuelo triangular desde Fort Lauderdale estaba en línea directa con las Bermudas.

 

Ocurre también que las Bermudas parecieran ser el límite Norte, tanto de las primeras como de las últimas desapariciones de barcos y aviones, en circunstancias muy peculiares.

 

“Pero -dice Berlitz- ningún incidente anterior o posterior ha resultado más notable que esta desaparición total de un vuelo de entrenamiento completo, junto con el gigantesco avión de rescate, un Martin Mariner, con una tripulación de trece hombres, que se desvaneció inexplicablemente durante las operaciones de rescate”.

 

El 5 de diciembre de 1945, cumpliendo ejercicios de entrenamiento de rutina, cinco aviones de la Base Aérea Naval de Fort Lauderdale, Florida, despegaron para realizar breves vuelos triangulares sobre el mar.

 

Estaban comandados por cinco oficiales pilotos y llevaban nueve tripulantes. Los aviones eran bombarderos-torpederos Grumman TBM-3 Avenger, y cada uno llevaba suficiente combustible como para volar más de mil ochocientos kilómetros.

 

Según el plan preparado de antemano, los Avengers del “Vuelo 19”, que era el nombre del grupo, debían dirigirse hacia el Este, hasta una determinada distancia, girar allí bruscamente para cubrir la segunda línea de la carrera, y efectuar luego otro ángulo agudo para regresar a la base.

 

La temperatura era de 18o C, había un sol brillante, sólo algunas nubes dispersas y un moderado viento en dirección Nordeste.

 

Se trataba de un vuelo realizado anteriormente en muchas ocasiones y no existía, por lo tanto, ninguna razón que permitiera suponer que éste sería diferente.

 

La duración de aquella misión específica fue estimada en dos horas. Los pilotos, que ese mismo día también habían volado, informaron que el tiempo era ideal para llevar a cabo la misión.

 

Todos los aparatos estaban equipados con los mejores instrumentos de radio y de navegación, y todos los miembros de la tripulación eran experimentados y competentes.

 

A las dos horas y dos minutos de esa tarde fatal, según la documentación oficial, el primero de los Avengers se elevó en el aire. Seis minutos después, los cinco aparatos se encontraban en el espacio, volando en formación, y continuaban tomando altura mientras se dirigían confiadamente hacia el Este, sobre el horizonte del Atlántico, a poco más de doscientas millas por hora.

 

A las 3,45 de la tarde hubo una señal de alarma, la primera. Era la hora en que debían estar pidiendo instrucciones para el aterrizaje.

 

Sin embargo, la estación radiotelegráfica recibió un mensaje urgente del avión que comandaba el vuelo: “No podemos ver Tierra. No sabemos donde estamos. No sabemos cuál es nuestra posición”.

 

Debido a la estática, resultaba difícil escuchar los mensajes del Vuelo 19. Aparentemente, los aviones no podían oír a la Torre pero en cambio la Torre escuchaba conversaciones entre los aparatos.

 

Este misterio se ha convertido en tema de pesquisas y juicios ante los tribunales, pero sigue sin ser resuelto.

 

Se ha pretendido explicar la desaparición de los tripulantes de  varias embarcaciones de muchas maneras: ataques de piratas, motín y huida después de asesinar al capitán, temor de que la carga estuviese a punto de estallar, descubrimiento repentino de contrabando o de algún material peligroso en las bodegas, una plaga o un secuestro cometido por supuestos amigos.

 

El Lloyds de Londres, la compañía que pagó el seguro, se inclinó por la teoría de que un incendio repentino, pero breve, de la carga de alcohol pudo atemorizar a la tripulación, obligándola a abandonar la nave.

 

Teorías, teorías, nada más que teorías, para explicar, de alguna manera, lo aparentemente inexplicable.

 

Éste es un libro sobre OVNIS y otros enigmas relacionados con este fenómeno. Pero también es un libro sobre enigmas develados.

 

Hace muchas décadas podríamos haber escrito uno o varios libros sobre los misterios de nuestro mundo, como lo han hecho Berlitz y otros autores, pero hemos preferido esperar hasta poder ofrecerle a los lectores algo más que meros relatos sobre ellos sin una solución concreta.

 

Esta espera, finalmente, resultó fructífera, porque ahora podemos develar estos misterios que tanto han dejado perplejo a los investigadores más renombrados.

 

Pero una cosa debe quedar en claro: lo que sabemos no lo hemos descubierto por nosotros mismos, sino por revelación.

 

De otra manera, ni siquiera nos hubiéramos acercado en lo más mínimo a la verdad.

 

El misterio del famoso Triángulo de las Bermudas incluye varios factores. Es un triángulo energético, es un triángulo electromagnético, es un triángulo donde hay puertas dimensionales, donde se pasa a otros universos, tanto paralelos como directamente a años luz.

 

Una puerta dimensional puede pasar directamente a un agujero de gusano, y de allí llegarse a un planeta que está a miles de años luz, pero a su vez hay otras puertas paralelas donde se pasa a un universo paralelo donde hay otro planeta Tierra…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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